José Vicente Rangel.- 1.- Pensaba que no se repetiría la situación que vivió Venezuela durante los gobiernos de la IV República. De aquella sórdida represión, violatoria de elementales normas de respeto a la vida, a los derechos humanos. La de las diarias detenciones arbitrarias, la desaparición forzada, la tortura y la pena de muerte, de hecho. Todo ello en aquel vacío letal donde desaparecía el Estado de derecho y la Constitución. Fue la época del universo concentracionario de los teatros de operaciones (TO) en los que la Fuerza Armada, habilitada por los dirigentes políticos para eludir sus responsabilidades, resumía el poder de apresar, interrogar y sentenciar a ciudadanos sin tener que dar explicaciones ni a la justicia institucional, ni al Ministerio Público, ni a la Defensoría del Pueblo ni mucho menos al Poder Legislativo, donde la mayoría -combinada con el Ejecutivo- rechazaba a priori la denuncia o simplemente la entrababa.
2.- Fue el tiempo de la Venezuela exportadora de una falsa democracia. Que guardaba en su vientre perversas maneras de quebrantar la ley, de mostrarse ante el mundo como modelo mientras en su territorio se cometían brutales abusos. La que acogió los manuales de la Escuela de las Américas y permitió que sus oficiales se entrenaran en la aplicación, por primera vez en la región, de figuras represivas como la desaparición de ciudadanos (se estiman en unos tres mil) y horrendas torturas.
3.- La situación cambió a partir de 1999, cuando accedió al poder el movimiento bolivariano. Desde la presidencia de la República, un hombre proveniente de las filas militares como Hugo Chávez puso especial interés en combatir y erradicar tales prácticas. De impedir que la institución armada se involucrara en la violación de los derechos humanos, que interiorizara una doctrina de respeto a los ciudadanos y una ética fundada en la exaltación de los genuinos valores de la institución.
4.- Pero los demonios de la represión acechan a instituciones como la castrense. La capacidad para que permanezca latente la tendencia a la arbitrariedad es difícil de erradicar. El desbordamiento siempre está a la caza de oportunidades para reaparecer. El país lo está viviendo en las últimas semanas. Durante la segunda quincena de octubre de este año, circularon las primeras versiones sobre masacres consumadas por una unidad del Ejército, el Batallón Caribe 323 Coronel José María Camacaro Rojas, destacado en la sede del Comando de Operaciones El Café, vía Caucagua (Mir). De tan delicada situación informé al ministro de Defensa, Vladimir Padrino, y debo decir que este mostró la mejor disposición para investigar a fondo la denuncia. Me sugirió hablar con los jefes de la Zona de Defensa Integral (Zodi) de Miranda, lo cual hice de inmediato. Ya la fiscal general Luisa Ortega estaba en conocimiento de los hechos, al igual que el defensor del pueblo Tarek William Saab. La información era estremecedora y remitía a lo que se convirtió en rutina en los gobiernos puntofijistas: 13 personas (la cifra aumenta a medida que avanzan las investigaciones), en su mayoría jóvenes, fueron detenidas por el Ejército y desaparecidas. A la actitud de sorpresa de los jefes militares en un primer momento, siguió el reconocimiento de la cruel verdad. Los detenidos fueron torturados salvajemente y asesinados, y la investigación estableció la responsabilidad en el delito de oficiales, clases y soldados.
5.- Si en este caso la práctica criminal es igual a la empleada por la Fuerza Armada en la IV República, la reacción del ministro Padrino, del Ministerio Público y la Defensoría del Pueblo fue diferente. Maduro condenó de inmediato lo sucedido. Al identificar a los responsables, procedió a degradarlos y ordenó abrir proceso judicial. Actuación reveladora del avance institucional del país. Del deslinde entre un acto deplorable, que no es política del gobierno, y el terrorismo de Estado que imperó en el pasado. Sin embargo, como lo ocurrido excede lo imaginable, se impone la revisión de reprocedimientos y la utilización de la Fuerza Armada Nacional Bolivariana en tareas ajenas a su específica función. Examinarse por dentro es prioridad para derrotar las desviaciones perversas. Por eso, la enigmática frase de André Malraux como epígrafe de esta columna.





