Misión Verdad.- Con la
palabra “fascista” suele ocurrir lo mismo que con casi cualquier insulto
gratuito o facilón. Ha pasado a ser más un ejercicio de catarsis que un
gesto informativo. De la misma manera que nadie anda por la vida
llamando a otro “Eres un pendejo. Sustantivo masculino, dícese de los
pelos del culo”, así mismo uno grita o le gritan en la cara cosas como
fascista, tirano o maquiavélico sin estar pendientes de qué significan
esas palabrotas.
Asumamos culpas y quedemos en que uno
puede haber incurrido en ese tipo de insultos que tienen por único fin
descargarse sabroso a un ser despreciable, pero vaya también quedando
constancia de algo: últimamente hemos denominado fascistas a grupos y
sujetos que, puestos bajo el microscopio, resultan más perversos y
abominables que cualquier engendro o continuador de Il Duce. Si
tuviéramos ánimo de querer acuñar alguna expresión echaríamos mano de
una conocida fórmula intelectualosa y andaríamos proclamando el
nacimiento del post-fascismo.
El fascismo antichavista, que por cierto
no es criatura engendrada en este siglo sino a finales del anterior (a
Chávez lo están culpando de los males de Venezuela desde antes de ser
candidato a la presidencia), ha realizado algunos ejercicios destinados a
comparar al chavismo con el fascismo, ayudado por algunas fórmulas
retóricas que, si uno no se detiene a desmenuzarlas, pueden sonar muy
convincentes. Un periodista que por alguna razón se empeña en querer
demostrar a cada rato que es celta y no caraqueño, llamado Rafael Osío
Cabrices, hizo varios ejercicios de esa índole por la época en que se
desvanecía la señal de RCTV.
Todos sus estudios tenían por objeto
“demostrar” que Chávez era como Mussolini porque: 1) los dos eran
militares, 2) los dos nacieron en pueblos pequeños y defendían la
ruralidad, 3) los dos se inspiraban en figuras del siglo XIX, 4) los dos
ganaron elecciones con discursos populistas, 5) los dos fueron, en
efecto, líderes populares, 6) los dos aterrorizaban a las “clases
pensantes” de las ciudades con sus discursos en contra de las actitudes y
amaneramientos cosmopolitas, esa cosa que algunos llaman desarrollo, y
7) “Por lo tanto, Chávez debería fijarse en la forma en que terminó
Mussolini: linchado por el pueblo”.
Cualquiera se asusta y concluye que si
alguien tiene tantas cosas en común con Mussolini y Mussolini es
fascista, entonces debe ser fascista también. Osío dejó siempre tapada
la cartica que revelaba que a Mussolini no lo linchó ninguna
movilización escuálida al mando de ningún Guevara o Leopoldo, sino que
lo fusilaron los comunistas. Pero no importa, después de que usted ha
impresionado con sus inmensos conocimientos y capacidad de observación a
sus perturbados lectores ya puede decir abiertamente que Chávez era un
comunista fascista (algo así como llamarlo católico ateo, prostituta
virgen o candela helada), y no se preocupe por la ridiculez que está
diciendo, que de todos modos sus fans se lo van a creer y a aplaudir. Y
su patrón o financista le va a pagar igual, diga lo que diga, siempre
que sea en contra y que suene convincente. A la “clase pensante” le
gusta que piensen por ella.
Esos ejercicios no son exclusivos ni
patente del señor Osío. De vez en cuando continúan y, tal como ocurría
con ciertos diccionarios y libros de autoayuda, deberían llevar el
rótulo “aumentado y corregido”. Por ejemplo, este artículo tan simpático
que se atreve a enumerar entre las razones que nos convierten en
fascistas esta joyita: “Destacan las canciones, símbolos y consignas en
discursos y propagandas”. Léalo completo, no se arrepentirá.
Hay otro agregado que suelen usar los
fascistólogos de todos los tiempos, y es la manía de llamar fascista a
todo aquel que diga algo en contra del Estado genocida de Israel. El
mapa de asociaciones es este: 1) Mussolini, al igual que Hitler,
persiguió y asesinó judíos. 2) El que diga algo en contra de Israel o se
atreva a discutir lo que éste diga o difunda como verdad histórica está
metiéndose con el pueblo judío. 3) El que se mete con los judíos es
antisemita… ¡Como Hitler y Mussolini! ¡Ay papá! ¡Chávez, Maduro y los
chavistas son fascistas (y también comunistas, no importa) y nazis
porque han hablado mal de Israel!
Durante un tiempo el rigor del lenguaje
hizo caer por inocente a muchos descuidados, que hablaban
despiadadamente de “los judíos”, por ignorancia de factores como el
sionismo, así que a lo largo del tiempo se ha ido consolidando la visión
según la cual detestar a los sionistas y al Estado de Israel es odiar a
los judíos y por lo tanto es ser racista y neonazi y fascista… y ahora
chavista.
Decíamos que el antichavismo ha adquirido
tales características de perversión que ya ha superado incluso al
fascismo europeo (no lo ha superado en cantidad de asesinatos porque no
ha sido gobierno ni ha controlado al Estado, por eso estamos trabajando
en que no lleguen a serlo), y de hecho la característica a destacar es
que aglutina en un solo cuerpo o tendencia casi todos los vicios
criminales de aquél, incluyendo xenofobia, racismo, odio clasista contra
el pobre, entre otros.
Puede entonces hacerse una caracterización
de ese post-fascismo criollo, no manoseando conceptos ni libracos sino
revisando su actitud fáctica y verbal. Entonces, no sabemos si ser
fascista es ser esta cosa, pero esto es el antichavismo:
1) Desprecia al ser humano que el
capitalismo empobreció, y se empeña en captarlo, manipularlo y
sacrificarlo para instalar en Venezuela un gobierno de capitalistas y
para los capitalistas;
2) Ignora la historia de Venezuela pero
aun así la desprecia, hasta el punto de evaluar o juzgar a sus procesos y
figuras según le hayan oído a Chávez juzgarlas o ensalzarlas;
3) Permanece al margen de la ética:
rechaza o reprueba la muerte violenta, la mentira, las desgracias y
tragedias personales y familiares, sólo si afectan a alguien que no sea
chavista;
4) Es la misma actitud que mantiene
respecto a las leyes: respeta y llama a respetar el ordenamiento
jurídico si le parece viable usarlo en contra del chavismo, pero lo
mancilla, violenta y contraviene cada vez que debe someterse a él en
beneficio del funcionamiento de la sociedad;
5) Desprecia a Venezuela hasta el punto de
denigrar de su nombre y sus símbolos cuando percibe que la sociedad
marcha en dirección distinta a la que él profesa;
6) Ignorante de los procesos sociales e
institucionales, culpa al chavismo de formas y estructuras que fueron
creación de las burguesías nacionales: por ejemplo la Guardia Nacional y
los cuerpos policiales y sus potestades;
7) Enarbola claves esclavistas y
señoriales en su discurso: “los barrios no se han alzado porque son
cobardes y les temen a los colectivos, la clase pensante y la Venezuela
decente es la llamada a derrocar la tiranía”.
8) Asesina con saña y perversidad propias
de mercenarios que gustan de infligir torturas (caso Pedro Josué
Carrillo), muestra de que son criminales pasivos o en potencia, que
dicen creer en la democracia, que aplauden desde las tribunas.
9) En el éxtasis de su repentino poder
(esquina, calle o corredor territorial), cuando el revoltoso a sueldo no
obtiene de favor o la simpatía de sus víctimas (residentes del sector
en el que les ordenan actuar) se aplica a la extorsión y al cobro de
vacuna. Atender casos Carretera Panamericana y Táchira.
10) Ansiosos por masificar o generalizar
un conflicto que tiende a debilitarse, recurren al trámite de la cayapa y
el linchamiento. El post fascista venezolano seguirá agrediendo y
acosando en cambote, en grupos de varios contra no como todo cobarde que
se siente apoyado en manada, y al final difundirá la escena de su
delito con el titular explicativo: lo golpeamos porque tal vez se trate
se Escarrá, José Vicente Rangel o Iris Varela. Al final el detalle de la
identidad no importa: asesinar a un chavista o a alguien que se parece
remotamente a Aristóbulo y a Maripili les calma la sed y los hace
creerse rudos y vigorosos, y en algún lugar hay quien financie esas
virtudes.





